A lo largo de sus vidas, las personas trans se enfrentan a diferentes tipos de violencias. Este es un recorrido por las infancias, la organización de las trabajadoras sexuales y la lucha por el reconocimiento de la identidad de las privadas de libertad.
Niñez trans: más libertad y menos por qué (s)
Por Yadira Trujillo Mina
¿Por qué me quieren obligar a ponerme el uniforme de varón, si yo soy una niña?, ¿por qué debo cortarme el cabello, si las otras lo llevan largo?, ¿por qué me tratan como a un niño, si yo no me siento como uno?
¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, se preguntaba Amada, con apenas 6 años. No le era -ni le es- posible comprender aquel binarismo del pensamiento adultocéntrico, sostiene su mamá, Lorena Bonilla.
La pequeña estaba en una escuela católica de Quito cuando empezó su transición del sexo que le fue asignado al nacer a su expresión e identidad de género. Así que sus padres decidieron buscar una nueva escuela, en la que no sea difícil explicar que Amada era una niña trans. Tarea difícil. “Nos encontramos con la realidad de que el sistema educativo no estaba preparado”, cuenta Lorena.
Pasaron por 14 instituciones educativas privadas, en las que les negaron un cupo. En esa travesía, Lorena conoció a otras madres, de diferentes provincias del país, que atravesaban la misma situación con sus hijas.
Una de ellas fue María Gregory, mamá de Clara, una niña trans que -en la provincia de Santa Elena- llegó al punto de aguantarse las ganas de ir al baño y de tomar agua durante toda la jornada escolar. ¿La razón? No ser obligada a usar el sanitario de niños.
La psicóloga del colegio se plantaba afuera del salón de la pequeña de 5 años para vigilar que no fuera al de niñas, cuenta Lorena, quien encabeza la Fundación Amor y Fortaleza, una organización ecuatoriana creada para dar asesoramiento a las familias de niñas, niños y adolescentes trans.
Por madres como Lorena y María, en el período escolar 2016-2017 se empezó a hablar de las violencias que viven las infancias trans en la escuela. Recibieron ayuda de la Red Ecuatoriana de Psicología por la Diversidad LGBTI, que hizo capacitaciones en escuelas y en otras instituciones -que aceptaron- para prevenir este tipo de violencia en el entorno educativo.
¿Capacitación? Sí. La sensibilización de la comunidad educativa es necesaria porque la cultura ecuatoriana actúa a partir de estereotipos. Y eso genera conductas violentas, explica la psicóloga Lorena Pillajo, de la Red.
Ella se encarga de acompañar a las infancias diversas y en ese proceso ha observado que las violencias contra las niñas trans son múltiples: desde la psicológica hasta la física. Los docentes -dice la especialista- no cuentan con las herramientas necesarias.
La psicóloga coincide con la madre de Amada con respecto a lo que sucede en las escuelas. La mayor dificultad -dice- es que hay una falta de aceptación de que las niñas trans rompen con el patrón binario, porque en la comunidad educativa reina el adultocentrismo. “Niegan que la identidad de género pueda ser reconocida en la infancia”.
Las implicaciones de las violencias
La presión social, la no aceptación y la falta de sensibilización sobre las infancias trans en el entorno educativo limitan el desarrollo psicológico de las niñas, pero también el físico, explica Lorena Pillajo. Bajan de peso o se les cae el cabello como a Amada. También tienen problemas urinarios o intestinales por aguantarse las ganas de ir al baño como lo hacía Clara.
En todos los casos que Lorena ha acompañado verificó que las niñas trans tienen una trayectoria participativa en clases. Sin embargo, el no ser aceptadas les genera dificultades académicas. “Tienen todas las condiciones, pero necesitan apoyo del entorno educativo para pulir sus destrezas”.
Además de estar sensibilizadas sobre la diversidad sexogenérica, la especialista sostiene que las instituciones educativas deben conocer las implicaciones legales de caer en la discriminación. Explica que se trata de violencia institucional o negligencia.
En el plano emocional, la psicóloga sostiene que las niñas trans pasan por una ruptura al no reconocerse con el sexo que les fue asignado al nacer y los roles de género asociados. Esa inconformidad se suma a la incomodidad de su entorno; y eso genera complicaciones psicológicas.
La doble presión la sufrió Junior Coral, a sus 4 años. Quería llevar un moñito en su cabello para sus clases de inicial uno, pero en la escuela fiscal de Milagro (provincia del Guayas) a la que asistía no se lo permitían.
“No podía ser un niño femenino”, dice su mamá, Jessica Carrión. Así que, por presión social, le enseñaron que debe ser una niña trans y se convirtió en Coral. La madre de familia considera importante que los niños y niñas decidan cuál es su expresión de género.
Empujada por el binarismo, Coral buscaba ser una niña perfecta, pero en esa búsqueda encontró una nueva frustración porque tampoco era lo que le hacía feliz, cuenta Jéssica. “Pasó de odiar a Junior a odiar a Coral”.
Hoy tiene 8 años y se encuentra en un proceso de autodescubrimiento. “Ha aceptado ver a Coral como parte del niño y al niño como parte de Coral, acepta su cuerpo y lo ama”, dice Jéssica.
La madre ha vuelto a nombrar a Junior, el niño al que dejaron de llamar para la llegada de Coral, pero no dejaron de darle espacio a la niña, si ella así lo desea. La familia ahora le dice Junior Coral y dejan que se descubra. Por ahora es feliz con ambos nombres.
Por eso es fundamental dejar de lado el binarismo de género en la educación, señala la psicóloga no binaria Estrella Núñez. Ella acompaña a infancias trans como coordinadora del área de salud mental de la Unidad de Salud Integral para personas Trans, del gobierno de la Ciudad de México. Si no hay identificación como niño y tampoco como niña -explica- se trata de una infancia no binaria.
Hay una guía, pero hace falta socializarla para la aplicación
Como si antes de Amada no hubieran existido las infancias trans, recién con su caso se creó -en el 2018- la Guía de orientaciones técnicas para prevenir y combatir la discriminación por diversidad sexual e identidad de género en el sistema educativo nacional. Una lucha de las familias, aún con retos.
En ella constan elementos que, a decir del psicólogo clínico Martín Ramírez, permiten que profesores y autoridades cumplan su rol de prevenir la discriminación en el entorno educativo. La guía establece que, las niñas trans deben ser llamadas en la escuela por el nombre que ellas eligieron (nombre social).
También que deben permitirles usar el uniforme que ellas consideren que vaya con su identidad de género, al igual que los baños.
En la teoría, Diana Castellanos, subsecretaria para la Innovación Educativa y el Buen Vivir, dice que se trata de un insumo que permite convertir al aula en un espacio que desarrolle la comprensión de la diversidad sexogenérica.
También, señala que proporciona indicadores para identificar cualquier posible situación de violencia. Y hace recomendaciones para que las autoridades y docentes apliquen. Pero, ¿en la práctica?
La socialización de la guía fue en el 2019. Lorena Bonilla dice que la enviaron por correo a los docentes y autoridades, por lo cual no se ha difundido de la manera adecuada. Con ella coincide la especialista en infancias de la Red de Psicología por la Diversidad LGBTI, quien también participó en su construcción. Explica que, al no ser un protocolo de actuación ha quedado en una herramienta de uso opcional o de apoyo. “Hay sensibilización flash, pero no hay formación específica”.
Eso no pasa, por ejemplo, con otro insumo de prevención: la tercera edición (2020) de las Rutas y protocolos de actuación frente a situaciones de violencia detectadas o cometidas en el sistema educativo nacional. Esta se publicó mediante Acuerdo Ministerial, por lo que es de obligatorio cumplimiento para todas las instituciones educativas del país.
¿El camino?
Para prevenir violencias como las que vivieron Clara, Amada y Junior Coral, lo esencial es validar su identidad de género en la escuela, explica la psicóloga Núñez.
Los adultos no pueden etiquetar la experiencia de las niñas, sostiene. “Lo primero es dejar el adultocentrismo a un lado porque eso despoja a cualquier infancia de elegir y saber qué es lo que quiere. Debemos empezar a preguntarles ¿qué quieres?, ¿qué necesitas? y así pueden autonombrarse. No les podemos decir que porque les gustan las faldas son una niña trans”.
La vestimenta es solo una de las expresiones de la identidad de género. Que en la credencial de una niña trans conste su nombre elegido y su foto, con su expresión de género, implica prevenir múltiples formas de violencia y -entre otras cosas- los índices suicidas, señala Núñez.
Es necesario -enfatiza- que toda la comunidad educativa esté sensibilizada para que en la escuela se respeten los nombres y pronombres a la hora de las clases, al tomar lista, hacer trabajos grupales, etc. Lo mismo con la vestimenta, con el uso de baños y con elementos de la expresión de género como el largo y peinado del cabello.
¿Cosas insignificantes? Aunque parezca que sí, le pueden salvar la vida a alguien, dice la psicóloga. “El cabello, por ejemplo, es de las cosas más importantes para las niñas trans”. Tampoco hay que transmitirles pensamientos patriarcales, porque eso influye en ellas y puede evitar una transición deseada, por asociar lo femenino con algo devaluado, explica.
También importa la educación sexual integral. Núñez sostiene que a las niñas trans hay que brindarles herramientas para que conozcan que no tienen que odiar su cuerpo. “Todos, no solo las niñas trans, deben aprender en la escuela que existen niñas con pene y con vulva. Si ellas lo saben desde pequeñas van a saber que no deben, sí o sí, tener una vulva. O que cuando crezcan no deben ser copa C”. Lo mismo pasa si sus compañeros lo aprenden”.
Las tres infancias tienen algo en común: dejaron el sistema educativo ecuatoriano. Las dos primeras ahora estudian en otros países. Y Junior Coral, frente a las violencias que vivió en la escuela, no la cursó durante el año lectivo que finalizó en marzo en la Costa.
“Nuestra nueva generación de infancias trans tiene que vivir bien”, dice la madre de Amada. Su lucha también es por darles esa paz, que tanto han trabajado las adultas trans. “Por todas las que murieron merecemos darles infancias felices”. Ni su hija, ni Clara, ni Junior Coral querían preguntarse tantas veces ¿por qué? Y -como dice Lorena- ninguna niña debería hacerlo.
Estrategias para afrontar las violencias, en construcción
Por Ma. Lourdes Ramos
“Que seas diferente no significa que debes dudar de ti. Disfruta de tus capacidades, atrévete a querer cualquier cuerpo, sexo, mente, distintas edades. Conseguirás todo lo que quieras si crees en tus capacidades.” Jéssica, Asociación de Mujeres Transgénero Nueva Esperanza
A Jéssica, esmeraldeña de 36 años; a Paullette, manaba de 42 años; y a Érika, emberá de 32 años del Chocó colombiano las unen sus historias de sobrevivencia. Las tres son mujeres trans que se han enfrentado a la violencia física, psicológica y sexual por parte de la sociedad y también por parte del Estado ecuatoriano. Pero también están unidas por las redes de cuidados que han tejido en la calle, en instituciones públicas, organizaciones y con profesionales particulares para hacer frente a las prácticas discriminatorias y a las vulneraciones sistemáticas de sus derechos.
Las tres son, en la práctica, testigas de que el Estado ecuatoriano, a través de la Policía Nacional, no cumple con su deber de garantizar una vida libre de violencias, una vida segura. Jéssica recuerda que por años, de forma reiterada, han pedido resguardo policial para ejercer su trabajo, pero se les niega la protección. Y cuando emiten alguna alerta a la Policía Nacional son las primeras en ser retiradas de la calle. Esto pone en evidencia que el Estado, en su concepción binaria del ejercicio de la ciudadanía, excluye a las personas LGBTIQ+ y subalterniza a la ciudadanía a pesar del avance en normativa nacional e internacional a favor de estas poblaciones, explica la abogada María Fernanda Alulema.
En su travesía, Jéssica huyó de Quito hacia Ambato porque la agredieron hasta casi matarla. “Tuve que salir huyendo de Quito porque unos policías me dieron una paliza, una noche de una batida. Entonces, como ellos eran más (Jéssica estaba sola), pensaron que yo estaba muerta y me dejaron botada a lado de una quebrada”.
Paullete también es una sobreviviente. Ella sufrió una agresión transfóbica que la dejó varios días incapacitada. Contó que seis personas la atacaron en la avenida Cevallos del centro de Ambato, en 2020. Ella salió a divertirse con sus amigas en esta zona que tiene varios centros de diversión, sin imaginar lo que le sucedería. Golpearon con saña su rostro intentando desfigurarla.
Y Érika, quien llegó a Ecuador a sus 10 años, también ha vivido episodios violentos. El último, y tal vez el más grave que afrontó, fue cuando policías la golpearon en Macas en abril del 2021. De acuerdo con su historia clínica (que está en el Hospital de Macas) la agresión le provocó un abdomen agudo y fue intervenida quirúrgicamente para salvar su vida. Ahora se recupera.
Las historias evidencian el continuum de violencia que acecha a las personas LGBTIQ+ y más aún a las mujeres trans. La Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) señala que el 80% de las personas transgénero asesinadas, entre 2013 y 2014 en las Américas, tenía 35 años o menos.
¿Conocen y ejercen sus derechos?
A pesar de las violencias y la exclusión social, Jéssica, Paullette y Érika han logrado dar pasos firmes en la defensa de sus derechos humanos. Empezaron organizándose y tejiendo redes de cuidado y apoyo con lo que establecieron vínculos fuertes a través de la creación de la Asociación de Mujeres Transgénero Nueva Esperanza, de la que son parte más de 20 mujeres trans que ejercen el trabajo sexual. Las acciones también están por fuera de la Asociación y con distintas organizaciones no gubernamentales, actoras como abogadas en libre ejercicio, mujeres feministas y una funcionaria del Ministerio de Salud Pública.
Para María Isabel Cordero, directora ejecutiva de Sendas y coordinadora nacional del proyecto Adelante con la Diversidad en Ecuador, “todo proceso organizativo social surge de la vulneración de derechos (...), de la vulneración de condiciones de vida y de situaciones extremas”. Cordero fue compiladora -en 2017- del ‘Diagnóstico organizacional y situacional de 10 organizaciones LGBTI en 6 provincias de Ecuador’, del que fue parte la asociación Nueva Esperanza. En el estudio, Cordero pudo visibilizar la importancia de estas organizaciones sociales en la defensa de los derechos humanos de las personas trans en el Ecuador.
Sendas trabaja con Nueva Esperanza desde hace 10 años. La vinculación nació con la implementación de un proyecto de derechos sexuales y reproductivos. Luego fueron parte de un proceso de diagnóstico para, en lo posterior, recibir acompañamiento técnico y mejorar sus procesos organizativos. “Toda organización o colectivo, sea por la diversidad sexual, por el género, por su oficio o edad debe fortalecerse y desarrollar sus capacidades para exigir un Estado de derechos”, explica Cordero.
Nueva Esperanza también ha conseguido asesoría legal de Sendas y de abogadas en libre ejercicio para la defensa de sus derechos. “Ellas ya saben que no están solas y no estar solas es un golpe al Estado”, sostiene Lissette Pardo Jijón, abogada en libre ejercicio y presidenta de la Asociación de Abogadas Feministas del Ecuador. Ella brinda asesoría legal a la Asociación desde Quito, a partir de un caso de discriminación por parte de un locutor ambateño en contra de las mujeres trans que ejercen el trabajo sexual.
La ambateña María Fernanda Alulema, abogada en libre ejercicio, también es parte de la red de apoyo. Ella está vinculada a Nueva Esperanza desde hace cuatro años y, en este tiempo, la Función Judicial le archivó tres casos denunciados por la Asociación. De estos mantiene reserva por tratarse de vulneraciones a los derechos de las mujeres trans. Alulema asegura que el personal de esta función del Estado no actúa con la misma celeridad y empatía que en los casos que involucran a personas cisgénero. Sin embargo, considera que contar con asesoría legal de una profesional ya es un punto a favor de las mujeres trans. “Tienen un respaldo legal, ahora ya son escuchadas”.
Esto, efectivamente, les ha fortalecido. Tanto las mujeres trans como las especialistas coinciden en que Nueva Esperanza, en Ambato y a nivel nacional, genera opinión pública y su vocería es reconocida. Este 8 de marzo Jéssica, en representación de Nueva Esperanza, dio un mensaje en un plantón de Ambato luego de la marcha por el Día Internacional de la Mujer, en la que participaron colectivos y otras organizaciones como: Wambras Verdes Tungurahua, Guaytambas Violetas, Ana de Peralta y la Asociación Nueva Esperanza. “Que seas diferente no significa que debes dudar de ti. Disfruta de tus capacidades, atrévete a querer cualquier cuerpo, sexo, mente, distintas edades. Conseguirás todo lo que quieras si crees en tus capacidades”, exteriorizó.
Según Alulema, dejan un mejor camino a las futuras generaciones de mujeres trans trabajadoras sexuales, ya que han transformado la violencia en una voz que exige justicia y reparación de sus derechos.
No solo por Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS)
El derecho a la salud pública también ha tenido ciertos avances para las socias de Nueva Esperanza tras el ingreso de Paola Silva a su Red de apoyo. Ella es médica familiar de una unidad de atención del primer nivel del Ministerio de Salud Pública (MSP) ubicada en Miñarica, en el cantón Ambato.
Pese a que la salud es un derecho, Jéssica asegura que hace 10 años atrás ya sufrían discriminación en el sistema de salud pública. Esto provocaba que desistan de buscar atención porque tenían miedo a ser rechazadas o burladas, lo que las obligaba a automedicarse y a someterse a procesos de identificación de género riesgosos como el uso de siliconas industriales, biopolímeros y/o procesos de hormonización, sin ningún tipo de seguimiento médico, entre otras consecuencias.
Silva labora en el Ministerio de Salud Pública desde 2014 y tuvo un primer acercamiento con las mujeres transgénero que ejercen el trabajo sexual en el Centro de Rehabilitación Social de Ambato. Este fue el nexo para conocer la Asociación con la que afianzó el vínculo desde el 2018. La profesional aseguró que las mujeres trans, hoy en día, no solo acceden a atención médica relacionada con su salud sexual y reproductiva sino que son atendidas en especialidades como: endocrinología, urología y otras áreas, según la necesidad de la paciente. Además, dijo que la atención de ellas es más personalizada y que ha tenido la posibilidad de capacitarlas en sus espacios comunes, en diversos temas, lo cual ha tenido un gran efecto. Aunque en el MSP existe la posibilidad de acceder a tratamientos de feminización, la médica no ha enviado a ninguna paciente a este tipo de tratamiento, ya que no se lo han solicitado.
“Las atenciones médicas son constantes y cada que ellas las requieran; tengo pacientes que son muy frecuentes. El soporte emocional que les damos con psicología también tiene relevancia (…) Muchas veces nos olvidamos de que ellas son mujeres, son madres, son abuelas. Entonces nos olvidamos de esa parte humana cuando las vemos paradas en una esquina y eso es lo difícil de nuestra sociedad. Hay que ver más allá de eso”.
Silva aseguró que ha llevado el centro de salud a sitios como los hostales de confianza, en donde las mujeres trans ejercen el trabajo sexual, con el afán de que todas accedan a los servicios de salud. Sin embargo, al preguntar si todos los centros de salud y unidades médicas del MSP en Ambato están sensibilizados en temas de género y derechos humanos, Silva se reservó su respuesta. La profesional considera que existe la necesidad de que el personal de salud sea más empático con las diversidades sexogenéricas y aplique el Manual de Atención en Salud a personas lesbianas, gais, bisexuales, transgénero e intersex (LGBTIQ). Desde 2016, la Asociación de Mujeres Transgénero Nueva Esperanza solo ha afianzado el vínculo con Silva y no con todo el personal que hace parte del sistema.
Para María Fernanda Alulema, la mayoría de mujeres trans son estigmatizadas y se oculta detrás de los estereotipos que ellas también son víctimas de robos, hurtos, amenazas de muerte, de mafias y violencia intrafamiliar basada en género porque, lamentablemente, hacia esos espacios lesivos es a donde la sociedad las empuja. Ella considera que las mujeres trans han exigido a gritos que sus derechos sean garantizados.
Esto invita a pensar lo que realmente pasa con las mujeres trans trabajadoras sexuales en la Sierra centro del país. Mientras desde diferentes instituciones del Estado se habla de igualdad en oportunidades y derechos, ellas consideran que aunque se ha avanzado aún están lejos de tener una vida digna y libre de violencias. Caminan a paso firme para conseguirlo.
Ellas deciden
Por Pedro Gutiérrez
“Cierta ocasión, el famoso travesti llamado ‘Priscila’ con zapatos altos de color blanco y una vestimenta elegante para la noche de trabajo se mantuvo parada y en posición indiferente. No hizo caso de los gritos lanzados por el guía penitenciario para que asumiera una actitud de sumisión.” Purita Pelayo
Ser una persona privada de libertad en Ecuador al día de hoy no es la única sanción empleada a través del punitivismo penal para castigar. ¿Cuáles son esas otras sanciones?, ¿la experiencia de habitar la cárcel es igual para hombres y para mujeres?, ¿qué es ser mujer trans y habitar un pabellón masculino?
Plumas en los pabellones masculinos de Turi
En julio de 2021 como parte de una investigación académica mantuve una entrevista con Francis, Arce y Klever las y el representante de la Asociación LGBTIQ+ Caminos de Libertad, a partir de ahí hemos mantenido contacto vía correo electrónico. Esta agrupación fue fundada por Isis Naomi, Arce, Kléver, Yamileth, Andrea, entre otras personas el 09 de febrero de 2017 dentro del pabellón masculino de Turi. Caminos de Libertad mantiene una lucha política en pro de sus derechos bajo la consigna de canalizar las necesidades de sus integrantes, entre ellas: acceso a salud integral, trabajo, reconocimiento pleno de su identidad de género.
Klever tiene 59 años, es un hombre gay, el tercer y actual presidente de la Asociación, ingeniero en marketing y a la expectativa de su investidura de la carrera de Derecho que cursó en la cárcel. “Orgullosamente pasivo”. Nos encontramos en la cabina de radio que funciona en el área educativa del CPL, un lugar insonorizado y con los micrófonos desde donde se transmiten los programas las Guerreras de Lilith y Voces del Alma. Klever desde el inicio del encuentro saca de su maletín papeles de su trabajo y una pluma para tomar nota, me comenta le gusta que cuando alguien del exterior viene, le dejen sus datos de contacto. Me cuenta orgulloso que actualmente dentro del grupo de diversidad hay 37 personas, que en un principio no llegaban ni a 15. Añade: “hay compañeras que se han ido libres hay otras que nuevamente han regresado a la cárcel, nadie está obligado a pertenecer al grupo de diversidad de género, esa es una voluntad propia de cada una, la que quiere se involucra y nosotros les damos la acogida”.
De acuerdo al Servicio Nacional de Atención Integral a Adultos y Adolescentes Infractores (SNAI) el CPL Turi para el 2019 tenía una población de 2.207 personas. El Diagnóstico del Sistema Penitenciario del Ecuador realizado de manera colaborativa entre Kaleidos- Centro de Etnografía Interdisciplinaria de la Universidad de Cuenca y la Universidad de las Américas menciona que para abril del 2021 la población carcelaria en el Ecuador se encontraba en 39.040 personas privadas de libertad, de las cuales 36.474 (93,43%) correspondían a hombres y mujeres trans y, 2.566 (6,57%) a mujeres, una vez retirados los registros con información de identificación duplicada, ya que el subregistro es una realidad que entorpece la gestión de datos y servicios penitenciarios.
Entonces, ¿por qué las mujeres trans constan en el dato de hombres? ¿qué es la identidad de género trans y cisgénero? Son aquellas personas que no se autodeterminan desde una correspondencia entre su sexo biológico asignado al nacer -intersex-hombre-mujer- y su género percibido -masculino-femenino-no binario- son personas trans, las demás son cisgénero. La categoría orientación sexual, sirve para identificar como una persona construye sus relaciones sexo/afectivas en relación a sus parejas. Entonces, ¿cómo se refleja la data del (cis)tema de gestión penitenciaria en relación a la identidad de género y orientación sexual de mujeres trans?
La estadística sobre hombres señala a 36.303 (99,65%) hombres que se reconocen como heterosexuales y 86 (0.24%) como LGBTIQ+. Los datos desagregados son: 15 (17,44%) bisexuales, 40 (46,51%) homosexuales, 17 (19,77%) transexuales que debemos leer como mujeres trans y 14 (16,28%) LGBTIQ+.
El uso de la variable género o LGBTIQ+ en el (cis)tema de gestión penitenciaria de hombres parte de varios errores a pesar de leerse como un avance. Uno, orientación sexual (bisexual, homosexual) e identidad de género (transexual) no son lo mismo. Dos, debemos leer transexual como mujeres trans, que constan en la data carcelaria masculina porque al momento del ingreso tienen sus nombres y género masculino, sin embargo, esta categoría deja por fuera la autopercepción transgénero, travesti y trans no binaria. Tres, no se puede usar una categoría LGBTIQ+ para individualizar la vivencia de la identidad de género y orientación sexual, además, dentro de esta categoría incluir la (L) tiene sentido en el caso de una mujer trans lesbiana, reflexión que resultaría inexistente por la ignorancia en el uso de las variables.
La corona y unas tijeras
La Directiva del colectivo siempre está integrada por una Reina de belleza, la eligen cada año en el mes de junio por el Día del Orgullo LGBTIQ. En el año 2021 fue electa Francis, oriunda de Guayaquil y de 43 años de edad. Mientras Klever me cuenta sobre el reinado, no puedo evitar pensar ¿cuántas compañeras trans han pasado por esta cárcel?, ¿cuántas han reincidido?, ¿cuántas han decidido estar en el pabellón masculino y no en el pabellón femenino? Tras este primer acercamiento resulta “lógico y/o natural” para quien lee que un hombre gay viva en el pabellón masculino, pero también mujeres trans habitan esas mismas paredes.
El registro de datos y por ende el ingreso y distribución al recinto carcelario es determinado por la cédula de identidad. A partir de 2016 se encuentra en vigencia la Ley Orgánica de Gestión de la Identidad y Datos Civiles que regula el cambio de nombres y de género, sin embargo, esta tiene entre sus requisitos llevar dos testigos que acrediten que la persona solicitante ha vivido con su identidad trans por dos años y hasta abril de 2021 solo se podía sacar en cuatro sedes en las ciudades de Quito, Guayaquil, Cuenca y Manta. Además, esta ley no cumple con los estándares de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que señala que el cambio debe ser “basado únicamente en el consentimiento libre e informado”. Esta es una política que genera una doble cedulación, una para personas cisgénero y otras para trans, es una política cisnormativa.
Durante la conversación con la Asociación, Francis llama mi atención y es que su parecido con Sharon la hechicera no pude dejar pasar: sus uñas largas, con pintado tipo francés, un jean ajustado, una blusa blanca, dos aretes en cada oreja, un maquillaje sobrio y su cabellera rubia resaltaban. Inicio la conversación con Francis preguntándole sobre su identidad de género y si ha cambiado sus datos personales en la cédula: “estuve en trámites del cambio de mi identidad, de mi nombre masculino a femenino, fui al registro civil, inclusive pregunté el costo, como era una chica visada debía hacer mis trámites desde Estados Unidos para cambiar mi identidad. Pero, como ya caí detenida, perdí mi visa”, cuenta. La identidad de género es una manifestación de la personalidad de cada persona. De ahí su importancia en cuanto a su protección y garantía, su falta de reconocimiento vulnera los derechos a la libertad, autonomía personal y dignidad, así como los principios de igualdad y no discriminación.
Continúo la conversación con Francis, le pregunto: ¿cómo sustentas tu vida en la cárcel? Con una mirada pícara me responde: “soy una estilista profesional”. El oficio lo aprendió cuando vivía en libertad. Durante varios años tuvo su peluquería y estética en el sector de San Sebastián en el Centro Histórico de Cuenca. Ahora, ella recorre las instalaciones del Turi, en el pabellón de hombres, ofreciendo cortes de cabello, pedicure y manicure, además es de las pocas personas privadas de libertad que se mueve entre pabellones tanto de mínima, mediana y máxima seguridad y al pabellón femenino donde da clases de estilismo, belleza, cortes, maquillaje” Recalca, “soy muy pedida por mi carisma”.
Francis, en su lucha contra la burocracia carcelaria que es hacer trámites, darles seguimiento, hablar con funcionarios y el Director de la cárcel, me dice; “Tengo todas mis herramientas. Gracias a Dios las autoridades me han facilitado esa ayuda, no llamemos un privilegio porque nadie tenemos privilegios acá”. Y con entusiasmo termina: “Yo nací con esto de que me encanta estar maquilladita y arreglar a las personas, mantenerlas bien pulcras, bonitas, entonces eso quiero inyectar acá a los chicos”. Recalca, “he tenido buena acogida”.
A Francis se le enciende su mirada cada vez que narra el poder ser ella, trabajar, habitar la cárcel y el pabellón masculino, le pregunto si alguna vez solicitó que le cambien al pabellón de mujeres o si está bien ahí. Francis apunta: “No, yo me encuentro bien acá siempre me han mantenido respeto, porque tu sabes el respeto genera respeto. Usted sabe que no todos somos monedita de oro para caerles bien a las personas, entonces hay que saber manejarlo, yo he sabido ubicar bien las cositas, entonces personas que son súper gratas chévere acá, personas que son tóxicas allá. Vivir mi vida tranquila, relajada y con trabajo, nada más”.
La cárcel como espacio hipermasculino y cisnormativo, tiene prejuicios, muchos presos por ignorancia y misoginia asumen que ser trans o gay es lo mismo, esto devela la necesidad de educación sexual en los currículums como política de Estado. Francis añade: “Muchas personas piensan de que ya porque somos un grupo LGBTI como nos dicen vulgarmente, un gay, en lo personal sí ha habido un poquito como de rechazo de personas equis así que todavía tienen el machismo impregnado en su piel y que sienten el pavor de acercarse a un gay, una persona trans, un travesti, a mí me ha pasado y estamos en un lugar así, pero bueno hay que saber sobrellevar las cosas”.
* * *
Retomo el contacto, 8 meses después volvemos a hablar sobre identidad de género con Francis, esta vez de manera virtual. Sobre su experiencia al ingresar a la cárcel como mujer. Me dice, “OMG, pensé que no iba a ser admitida, pero mira ahora tengo mi espacio (...) soy considerada como una mujer más, una mujer trans siempre lo he dicho y lo diré, ¡Soy una trans! Las autoridades e inspectores me tratan como mujer en el penal. Los compañeros me tratan como Francis, yo me he ganado mi autoestima y nombre, por ser un gran ser humano, además soy la reina de Turi, la reina del grupo LGBTI”.
También me interesa conocer formas conexas de vulneración al derecho de identidad de género, sobre salud dice “lo más importante para una trans o un gay es acceder al beneficio de hormonización. Cuando llegué a CDP me planteé seguir mi proceso, pero me dijeron que no, que no es permitido. Me gustaría que se haga ese proyecto, la hormonización ayuda a nuestra piel, uñas, voz”. Recordando a Arce, la costurera oficial de Turi, fundadora y vicepresidenta de la organización, que ahora ya goza de libertad, señala sobre el ingreso de insumos: “necesitamos nos ayuden a mantener, a las que somos trans, con nuestro maquillaje, con nuestra ropita de mujer, nuestros jeanes, brasieres, taquitos, o sea al menos en mi caso, a mí me encanta estar siempre lúcida. También para los gays se debería poder ingresarles su ropita de varoncito o sus aseos, sus toallas, sus cremas. A veces nos restringen, por ejemplo, llegan nuestras cosas y porque nos ven el nombre de varón o sea no pueden ingresar entonces desde ahí ya viene el rechazo, directa, conscientemente o inconscientemente. Me pregunto ¿Por qué? Porque dicen que es un gay, es un hombre como le voy a pasar cosas de mujer”. Es importante señalar que la libertad estética y cómo se construye la expresión de género es un derecho. Arce recalca con énfasis “Nosotras queremos igualdad, yo sé que estamos aquí en un Centro de Rehabilitación pero somos seres humanos que vivimos, lloramos, palpamos, danzamos, hacemos todo lo que una persona heterosexual hace, sino que a veces nos quieren restringir y decir no, esto no es para ustedes, ustedes están en un centro de hombres y tienen que usar ropa de hombre”.
Nos queda… identificar la cisnormatividad y dejar el paternalismo
A pesar de los obstáculos formales y estatales, el confinamiento carcelario y la organización asociativa permite la fluctuación de reflexiones en relación a la identidad de género de mujeres trans privadas de libertad. En la cárcel de Turi, la Asociación Caminos de Libertad, ha sido el espacio para politizar la identidad de género como una urgencia con el nivel de demanda y lucha para su garantía, cosa que en el exterior no conocían o les fue negada.
En Turi las mujeres trans han posicionado el uso de sus pronombres y nombres auto percibidos, la garantía de ejercer una libertad estética (ropa, accesorios y maquillajes) para poder manifestar su expresión de género. La cárcel como espacio de confinamiento obligatorio no se escapa de operar bajo una cultura cisexista que tiene como consecuencia la exclusión y es un ejemplo de la política sexual de la identidad que permite o impide el ejercicio de los derechos. El contexto carcelario de esta mega cárcel se piensa y divide a partir de un régimen binario en donde el castigo no es solo la condena, sino la confusa e improvisada política estadística que es dispersa y poco confiable respecto al ingreso de la persona privada de libertad: llevar mal la data estadística de ingreso, no respetar sus pronombres, tener problemas en el ingreso de insumos. Francis marca algo que tensiona el discurso de cierto activismo identitario donde mujeres cisgénero y trans piensan que lo “mejor” es que mujeres trans estén en los pabellones de mujeres, a pesar de nunca haber estado o conocido a una mujer trans en la cárcel.
La prevención de las violencias pasa también por despojarnos de interpretaciones y tutelas cisnormativas sobre los proyectos de vidas diversos que tienen las mujeres trans en la cárcel. Como personas cisgénero no sabemos lo que es mejor o menos peligroso, peor aún olvidar la capacidad de mujeres trans de tomar decisiones libres y voluntarias que le dan sentido a sus vidas. Hacer lo contrario resulta cisexista, término acuñado por la escritora trans Julia Serrano, usado por primera vez en 2007 quien lo definió como la creencia de que los géneros de las personas trans son inferiores o menos auténticos que los de las personas cis. A decir de Francis, ser una mujer trans es ser múltiples posibilidades, pero por sobre todo poder decidir. Quién ser, dónde estar, en qué trabajar, qué soñar. Ser trans es libertad. Ellas deciden.
Ilustraciones: Miti Miti
Este trabajo periodístico es el resultado del curso Periodismo para prevenir violencias contra las mujeres, impulsado por el programa PreViMujer de la Cooperación Alemana, implementado por la GIZ y por la Carrera de Comunicación de la Universidad Politécnica Salesiana.
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Contenido: Yadira Trujillo Mina, Ma. Lourdes Ramos y Pedro Gutiérrez. Ilustraciones: Miti Miti