Fue en agosto de 1976, que un grupo de estudiantes de la Universidad de Antioquia pensó por vez primera en unir sus voces para cantarle a la vida y a una ciudad que, aunque compleja, se convertiría en centro de inspiración de esta nueva resistencia pacífica a través de la música. Medellín era entonces epicentro de transformaciones ideológicas y culturales, de manifestaciones violentas y de una apertura indiscutible ante el mundo.
Fue así como, en la cafetería Guayaquilito, el objetivo se hizo claro: frente a la guerra, Suramérica sería poesía; frente al fusil, una guitarra; frente al olvido, la memoria hecha canción. No en vano, sus más cercanos referentes se ubicarían en la Nueva Trova Cubana; el Nuevo Cancionero, en Argentina; y el Nuevo Canto, en Uruguay.
Desde ese momento, el naciente Grupo Suramérica se dedicaría a difundir la música latinoamericana y a promover espacios de encuentro y tejido social. La música sería el vehículo para compartir un mensaje de respeto a la diversidad que se ha extendido a países como México, Cuba, Estados Unidos y Argentina.
Si solo una palabra pudiera definir lo que han sido estos cuarenta años de trabajo artístico, social y cultural, sería sencillo encontrar la respuesta: complicidad. Cuando la conversación se convierte en ritual y da paso a la amistad; cuando un interés común se convierte en proyecto de vida; y cuando la camaradería es el ingrediente principal de una ruta compartida, surge entonces un vínculo a prueba del tiempo, que hace posible el logro de cualquier cometido. Es el caso del Grupo Suramérica.
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Grupo Suramérica