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Eran los días un viaje por los llanos orientales

Proyecto ganador de la Beca de creación para artistas con trayectoria intermedia. ESTÍMULOS 2021

La región de los llanos orientales de Colombia es el territorio que intermitentemente me ha visto crecer. Entre sus extensas planicies, el misterio del piedemonte llanero y lo exótico de su flora y fauna se desenvuelven el carácter renuente, bondadoso y autóctono de su gente, que también es la mía. Crecí en el contrapunto de la ciudad y el llano. Y en este punto intermedio en el que mi identidad y corazón no se definen, evoco el caos y la posibilidad de anonimato que me ofrece Bogotá y añoro el silencio y la soledad meditativa que solo consigo en el llano.

La ambivalencia de dos mundos es la que inspira este proyecto. Desde la mirada de una migrante a la ciudad, reconozco, admiro y retrato los días que lentamente transcurren en el campo; el trabajo, el alimento, la espera, el ciclo del sol que rige las labores diarias. La noche con sus velas y los cocuyos que aparecen en el sin fin del llano; pero sobre todo, retrato el sentimiento generado por la distancia. Mi distancia. La cual me permite reconocer la belleza de los objetos, de la gente, y del entorno que parecen detenidos en el tiempo.

[Septimbre, 2016. Bogotá, Colombia]

Acá una parte de la historia.

Soy de Yopal, Casanare, Región de la Orinoquía, llanos orientales de Colombia. Nací en Yopal pero crecí en Bogotá, la capital del país.

Esta historia comienza entre Yopal y la Finca Puerto Rico -acá Puerto R., así como le dice mi papá. Puerto R está ubicada en la vereda La Redención, Municipio de Nunchía, Casanare. En esta zona de Colombia nacimos mi familia y yo.

Casanare es una tierra plana, llana. Limita con el costado oriental de la cordillera oriental de los Andes. El costado de la montaña oriental termina aquí, donde yo nací. Desde el aire se puede ver cómo esas magníficas montañas van menguando hasta aplanarse por completo. Desde el suelo, por un costado se ven a lo lejos pequeños relieves. Por el otro costado, y sobre todo al atardecer, es un paisaje tan sin montañas que las curvas de la tierra alcanzan a dibujarse en el horizonte.

Puerto R es la finca que hicieron mis abuelos. Y digo hicieron en todo el sentido de la palabra. Mi mamá me cuenta que él llegó en un camión, con la familia y algunos obreros adelante haciendo el camino para poder pasar. Por lo tanto, la zona de la que escribo es el territorio donde nació mi mamá y sus 11 hermanos/as, donde mis abuelos sentaron su amor y su familia.

Tal vez la historia de mi familia, es también una mini historia de la colonización de los llanos de Colombia. Puerto Rico quedaba en el medio de la nada. Solo ganado, tierra virgen y nuevos habitantes en un proceso de domesticación mutuo. Las fronteras eran invisibles, movedizas, solo reconocibles por algunas señas de grandes árboles o quebradas. Se iba avanzando de acuerdo a la necesidad del ganado. Entre más, más tierra. No sé en qué momento el alambre de púas empezó a cumplir la función de límite. Ahora todo está cercado.

Estando en una tierra tan remota, mi abuelita Carmen montó una tienda allí. Vendía desde agujas, telas, cigarrillos, trago, hasta animales en pie. Hacía pan, hacía ropa, criaba a los niños y a los animales, paría. Algunos insumos llegaban en avioneta o los traía mi abuelo en excursiones de más de dos meses por los departamentos de Boyacá y el Meta. A cualquier comprador le tomaba mínimo 2 días en llegar a caballo a la tienda de mi abuelita. Por lo que cuando llegaba, el vaquero se tomaba otros dos días para descansar, comer, comprar, hacer el trueque e irse.

Cada dos años nacía un bebé. Al comparar las fechas de nacimiento de mis tíos se ve ritmo. Solo interrumpido en un par de veces. Las cuales se explicaban por el niño o la niña que murió. La mortalidad infantil era algo “común”. De 12 hijos sobrevivieron 9. “Así como pasa en la naturaleza”, me respondía mi abuelita cuando notaba mi cara de asombro por los tíos-angelitos que nunca conocí.

En 1970 mi abuelita quedó viuda con 46 años, 9 hijos, 1 finca-tienda y alrededor de 1000 cabezas de ganado. Casi todo se esfumó al quedar a cargo mi tío mayor –el hombre- con solo 17 o 18 años. Tras la muerte de mi abuelita, la gran finca se dividió en pequeñas fincas que cambiaron su nombre. Borinque, el Jordán, los corozos, Palo de agua, Pachamama. A mi mamá le correspondió la casa donde nacieron. Por lo tanto, la finca de mis padres se sigue llamando Puerto Rico. Tal vez es un 10% de lo que era la finca original.

Creo que soy llanera.

Hay llaneros que viven en el campo campo que seguro no alcanzo a descifrar acá. Hay otros llaneros que nacieron en las casas de habitación del llano – como mi mamá y sus hermanas- pero que salieron del llano a estudiar. Hay otros que como yo, no crecieron allí, pero que comparten el paisaje, la comida y la cultura.

La gente que se queda en el llano es para trabajar, porque el campo es para eso. La contemplación se permite, claro, pero tal vez a las terceras generaciones como la mía. Así que para mis primos y para mí, especialmente si vivíamos en Bogotá, la finca era de descanso.

Mi mamá dice que los llaneros no son fachosos, (es decir, escandalosos, bullosos, presuntuosos). En cambio dice que son menguados, son cautelosos y muy familiares. Yo añadiría que son melancólicos. Se nota en las canciones y en tono de voz cuando se despiden. Son tímidos e inseguros, tal vez porque la colonización nos ha enseñado que son mejores los del centro, los de afuera. Pero a la vez, se sienten orgullosos de su tierra.

Son solitarios. Pero su soledad es la de la ausencia de otros seres humanos. Es que en el llano las extensiones de tierra eran tan amplias, que el contacto con otros humanos era limitado. Además estoy segura que los llaneros prefieren la compañía de su caballo y de sus perros de finca. El caballo es su especie de compañía. Con el caballo trabaja el campo, se mueve por el monte y recorre la llanura. Entre los dos se ubican. No existe GPS ni se usan las aplicaciones para el clima.

Yo añadiría también a los llaneros que les cuesta sentirse cómodos con nuevas personas pero que una vez en confianza, son otra cosa. Son montadores, se ríen duro, a carcajadas, de esas risas que hace doler la barriga. Hacen chistes y cuentan las historias con detalles. Con todos los detalles posibles. La tradición oral es maravillosa allí. La gente habla golpeado. El acento es marcado, se habla rápido y entre los dientes. Cada historia se cuenta y se repite con los detalles del paisaje, del sentimiento del momento, de las miradas. No se va al grano sino que se rodea y se llena de misterio.

Algunos de los sentidos físicos son más desarrollados. El sentido de la vista de mi familia es excesivamente superior al mío. Yo no entendía cómo podían notar que alguien venía a en el medio de la sabana. Cómo sabían los límites de la finca por el palo grande cornudo del fondo o dónde venían los trabajadores o dónde estaba el tractor. Yo no veía nada. Supongo que al no poder notar las cosas así que empecé a fotografiarlas. Las imágenes me permiten volver cada vez que quiero. Notar el paso del tiempo en ellos, y de alguna forma, notar cómo pasa en mí también. Aunque casi nunca salga en las fotos.

No sé cuál sentido es pero definitivamente los llaneros tienen, y muy desarrollado, el sentido de la orientación, medición y peso de las cosas. Donde yo solo veo sabana y monte, ellos ven direcciones. Saben calcular con mucha exactitud el tamaño de un lote para la siembra. Y aproximar, por la sensación o intuición, cuánto pesa un niño para calcular cuánto medicamente hay que darle.

En mi caso, y en el de mi mamá y tías, nuestro súper poder es el olfato. Desde niña sabía que iba llegando a mi casa en Yopal porque olía a llano. Es el olor de la primera lluvia cuando moja la tierra y el cemento. La temperatura del aire que entra por la nariz cambia. Este sentido no sé si es por llanera o solo genética pero comparativamente lo tengo más desarrollado. Y últimamente empecé a sentir el olor a químico cuando llegaba a la finca. Son los químicos del arroz.

Mi papá empezó a sembrar arroz cuando yo tenía alrededor de 4 o 5 años. Eso significó que él vivía en el llano mientras que mi mamá, mi hermano y yo vivíamos en Bogotá. Desde ahí, nuestras visitas y vacaciones se acomodaban a los tiempos del arroz. Al ciclo del arroz y de las visitas también se unía el ciclo de la “economía familiar”. Todo en disposición y todo alrededor del arroz.

El ciclo de siembra se definía de acuerdo a lo que indicaran las cabañuelas. Las cabañuelas son una tradición que se ha usado por generaciones para predecir el clima el resto del año. Funcionan así: del 1 al 12 de enero de cada año; cada día en orden ascendente predice el clima del mes que le corresponde. Y del 13 al 24 de enero, cada día completa la predicción del mes pero esta vez en orden descendente.

El cultivo de arroz empezaba con la preparación de la tierra, seguía con la siembra, las abonadas y fumigaciones, y por último, la cosecha. Pero eso último, no era lo último. Después de la cosecha seguían interminables días de intentar que los molinos recibieran el arroz. Y otro tanto esperando que lo pagaran. Uno de los factores de riesgo de los pequeños agricultores es que no puedan vender su cosecha. Los molinos controlan el precio del kilo, a quién le reciben y cuál es la penalidad que le dan a cada carga por sus impurezas (humedad, caminadora, gano vano). A pesar de ser un cultivo corto el ciclo del arroz duraba todo el año.

Se dice que fenómeno del niño y la niña han modificado las cabañuelas. Por lo que se ha vuelto complejo la toma de decisiones de los tiempos de siembra. Con el niño y la niña se refieren a periodos de extremo verano y extremas lluvias. Con el niño, la tierra se quiebra por la ausencia de agua y el ganado –y seguramente muchos otros animales- está en riesgo de morir de sed. Con la niña pasa lo contrario. La lluvia no cesa y las quebradas se desbordan. Qué anegación, mire cómo todo se ve blaquito. Y es que sí, la sabana inundada se ve blanca. Si el encargado de la finca no se da cuenta a tiempo, el ganado –y seguro otros animales también- se muere.

Mi papá es un pequeño agricultor. Siembra entre 20 y 120 hectáreas por año. Hace unos 15 años, sembrar arroz era costoso por la mano de obra que se requería para ello. Alimentar y pagar los jornales era “caro”. Recuerdo que en las cosechas se necesitaban alrededor de 15 obreros. En los últimos años esto cambió. La presencia de Fedearroz y los grandes molinos en la región han cambiado las prácticas y el ritmo de siembra. Actualmente solo se necesitan 3 o 4 personas para la cosecha: Los operarios de la maquinaria y el granelero, -encargado de llevar las cuentas de los bultos-. Ahora, lo costoso es la semilla y la lista interminable de productos químicos para la siembra.

Sinceramente nunca entendí porque mi papá seguía sembrando arroz si casi nunca las cuentas le daban. Frente a mis preguntas, mi papá respondía que el arroz es como juego, y como tal, es un vicio. No importa si pierda un año porque al año siguiente se siembra con más ganas. Al fin y al cabo “el arroz no es para todo el mundo, es solo para los berracos, los arriesgados”. Así, siempre conjugado en masculino. Siguiendo su lógica yo sentía que a mi papá siempre le salía “sigue intentándolo”. Y lo ha seguido intentando, siempre con más fe de que el año siguiente le irá mejor.

El arroz es su vicio y tal vez ahora es el mío también. Es que es encantador experimentar el proceso de sembrar, ver cómo crece, caminar los cultivos y ver el fruto que da. Este año sembré 7 hectáreas. Él me regaló 0,5. Así que en total fui la encargada de cientos de plantas, todas las que caben en 7,5 hectáreas de cultivo.

Mi mamá dice que todo lo que se siembra se da. Sin embargo, de pequeña tampoco nunca entendí porque no comíamos el arroz que sembrábamos. Cuando preguntaba –año a año- recuerdo que no me contestaban el porqué. Mi mamá o alguna de mis tías empezaba la historia: "En tiempos del abuelito Siervo, pilábamos el arroz acá en la finca. ¿y por qué ya no? “No sé, porque ahora se compra ya en bolsa”.

Cuando tenía entre 4 y 7 años me encantaba comer flores. Mis preferidas eran las cayenas de la casa de mi abuelita de Yopal. Las de Bogotá no sabían a lo mismo; en Bogotá no comía flores. Así que cazar cayeras era de las primeras cosas que hacía al llegar a Yopal. Por supuesto, eso pasaba después de abrazar e intentar trepar a mi abuelita. El ser más espectacular del planeta.

Cuando tenía 8 años también era una experta cazadora de lombrices gigantes para pescar. A los 10, lideraba el equipo de primos para la bajar mangos, mamoncillos, guayabas, naranjas o mandarinas. Primero comíamos la fruta hasta más no poder. Luego sí llenábamos al tope con frutas las bolsas o totumas que llevábamos. A los 13 dejaron de llevarnos a la finca porque se agudizó el conflicto entre paramilitares y guerrilla. El rumor era que -cualquiera de los dos bandos- se llevaban a los volantones. Así que en mi historia hay un gran bache de no llano.

Con el tiempo perdí ese contacto mano a mano con la tierra y crecí a la par con el asco y el miedo. Más cercanos a la ciudad. Supongo que me volví más torpe y gané otras destrezas más asociadas a las ideas.

Cada nueva visita, mi papá me invitaba menos a pescar porque según él me llenaba de garrapatas. Antes creía que la edad hacía más vulnerables a las personas. En mi caso, ya no creo que sea por la edad que me he vuelto más débil al llano, creo que es la ciudad la que me ha hecho así. De todas formas voy, pesco y me engarrapato.

La mejor hora para pescar es entre 5 y 6:30 pm. Justo en el sol de los venados, cuando se está escondiendo el sol. La estrategia es ser lo más silenciosa posible; de vez en cuando llamar a los bocachicos y nunca pero nunca, dejar enredar el anzuelo con la palizada de la madre vieja. En últimas, todo lo que yo no podía hacer. Mi papá pescaba y yo lo acompañaba intentando pescar.

Siento que hay un pesar generalizado por quienes no hemos crecido allá. La piel se quema, los bichos pican, el tumbapendejos hace alusión a su nombre y nos hace caer, etc. Sin embargo, untarse de llano es algo que hay que hacer. Si bien soy un bicho de ciudad también soy uno que creció intermitentemente en ese lugar mágico. Así que también aprendí a conocer la tierra a través de la experiencia.

Hay algunas cosas que sé y otras tantas que mi cuerpo sabe. De las primeras reconozco que para que el pasto no me tumbe tengo que evitar arrastrar los pies. Que puedo agarrarme de la mayoría de palos, árboles y arbustos menos de la varasanta –si me agarro las hormigas rojas me recordarán –con mucho dolor producido- que no debía hacerlo-. Sé que en caso de un ataque de abejas africanizadas tengo que correr hacia el monte más espeso o buscar un claro de agua. Sé cómo alimentar a vacas, gallinas y perritos de finca. Y sé qué es lo que hay que hacer para que los patos estén felices: cambiarles el agua a diario por agua fresca.

Hay otro conocimiento que no es racional. A mí por ejemplo no me hace daño la pelusa del arroz. Nunca me dio varicela, sarampión ni rubeola aun sin estar vacunada. No sufro de gripas constantes y aun con casos cercanos, nunca me contagié de COVID –o al menos no desarrollé síntomas-. Frente a este super poder que tengo mi mamá responde que esto es gracias a la alimentación que me dio. Gracias a los pescados de la madre vieja, a la leche y el queso recolectados y hechos en la finca, a la carne de vacas, pollos y cerdos criados en Puerto R. y a las diferentes frutas que recolectábamos.

La finca corre en mi microbioma. Si bien yo vivía en Bogotá -8 horas de distancia en carro- me alimentaba de la finca. No por necesidad sino por gusto, tradición y amor de mi mamá. Recuerdo que constantemente recibíamos cajas llenas de comida. En Colombia es así, la gente demuestra su amor a través de la comida.

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[Diciembre 2021]

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Fotos y texto por Sylvia Juliana RT

Contacto: sylviajuliana.rt@gmail.com

Created By
Sylvia Juliana Riveros Torres
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Credits:

Sylvia Juliana Riveros Torres