Cuando me invitaron a la colaborar en la revista LOGIA, platicando con Ricardo Gutiérrez en un momento, me preguntó: “Caro… ¿Para que marchar?” Refiriéndose al próximo 8 de marzo, que todas las feministas -incluida su servidora- consideran como la fecha más importante, igualándolo con Navidad o alguna “fiesta oficial”.
En un primer momento, no supe que contestar pues “mi época revolucionaria” había sido en la universidad y recordé que el paso del tiempo no perdona a nadie, y son aquellas configuraciones que Facebook y su loco algoritmo quiénes se encargan de recordártelo. Con todo esto en la mente, le contesté a Ricardo: “No puedo creer que existan autos Tesla, Inteligencia Artificial, transferencias bancarias desde tu teléfono y tantas cosas tecnológicas a las que llamamos progreso, y como humanidad, no hemos resuelto algo tan básico como que las mujeres en el mundo tengan los mismos derechos que los hombres” exclamé.
Y es que, según un nuevo informe del Banco Mundial, llamado La Mujer, La empresa y el derecho 2023 el ritmo de las reformas hacia un trato igualitario de las mujeres ante la ley ha caído a su nivel más bajo en los últimos 20 años, es decir que cerca de 2.4 millones de mujeres (30% de la población mundial) en edad de trabajar todavía no tienen los mismos derechos que tienen los hombres, por lo que es más probable que las mujeres que están empleadas formalmente, renuncien antes de tener alguna opción o plan de retiro que realmente las favorezca.
Si a lo anterior, le sumamos que actualmente vivimos una crisis económica resultado de la pandemia, el Banco Mundial señala que si no se ocupa la plena capacidad productiva de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) será todavía más difícil enfrentarla y llegar al objetivo de promover “el desarrollo verde, resistente e inclusivo”, un indicador que de ignorarlo, nos llevará 50 años -como mínimo- para poder reducir la brecha salarial. Es curioso que la cifra sea parecida a los datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), ya que las mujeres en México deben trabajar 51 días más para igualar el salario de los varones.
Cambiar la realidad.
En un libro de superación personal leí alguna vez que “La única forma de predecir el futuro, es creándolo”. Me gusta creer que las activistas y feministas a quienes admiro tenían eso en la mente cuando se atrevieron a salir en público, desde las sufragistas inglesas que quemaron el pabellón del derby por no permitirles la entrada, hasta Olimpia Coral Melo, quién paso de ser víctima de acoso debido a la divulgación de un video sexual de ella, a ser quien recorre todos los estados del país buscando la aprobación de “su ley” para proteger a muchas más mujeres de la reprobable práctica de “mandar packs” también mal llamada “pornovengaza”
Al final, es como decimos, una se vuelve feminista por su propia historia. Todas tenemos esa espinita que no nos deja dormir y a veces ni vivir. ¿Quieren saber porque marchamos? No es porque amemos destruir los monumentos y los vidrios de la ciudad (bueno, tal vez a algunas si nos guste, más que otras. Guiño, guiño) sino también por todas aquellas a las que les arrebataron la voz y no pueden estar disfrutando de la vida, sus familias y de un momento tan gozoso -en mi experiencia- como una marcha del 8M con consignas, glitter, flores y muchos colores.
Marchamos no sólo este día, sino muchos días y en las ocasiones que sean necesarias porque el presente que estamos viviendo es incierto, gris y doblemente inalcanzable para nosotras. “Caro, es que luego vez el futuro poco esperanzador…” me dijo mi madre hace un año antes de salir a marchar. “No importa, madre. Siempre diré que hice lo que estuvo a mi alcance para hacer de este mundo, un lugar mejor para las demás”. Al final es como decía Eduardo Galeano
“La utopía sirve para eso, para caminar”.