EL PARAÍSO DEL “MONO” DE LAS PEÑAS Y DOÑA ROSAEscribe / Jorman S. Lugo - fotografías / Sandra bejarano a.
El mono reconociendo el temor de muchos conductores al transitar por la zona, sumado a los residuos de roca que la administración no ha removido, puso un letrero de “Pare” en cada curva antes de empezar el sector, para que los vehículos tengan precaución al transitar.
“El mono de las peñas” es una persona inquieta. Sus ojos siempre están buscando un punto en donde concentrarse, como si buscara una actividad a la que dedicarle parte de su tiempo, como si necesitara tener sus manos ocupadas.
En el corredor, los rayos del sol se filtran por las hojas de los árboles frutales y los pájaros que no han almorzado, se acercan a comer los pedazos de plátano maduro que “el mono” les puso minutos antes.
Entre “El mono” y doña Rosa construyeron las bases de un amor que se extendió a todos los rincones del terreno. Si doña Rosa quería una cocina grande como las de Bogotá, “el mono” buscaba la forma de complacerla; si ella deseaba un corredor más amplio, él añadía un par de metros a los costados.
A doña Rosa le gusta observar y escuchar mientras nadie la nota para luego intervenir con toda la fuerza de su voz. Las primeras palabras que dice salen como en cascada, llenando el espacio y robándose la atención de quienes la acompañan. Impresiona la fortaleza del tono y la dulzura para seleccionar lo que quiere decir. Es como si al interior de esa cascada se pudiera encontrar la tranquilidad.
Después de su primer matrimonio Rosa no quiso volver a casarse y a Gilberto esa idea no lo trasnochó. Quizá, lo más importante en su historia se dijo, es que ambos eran fuertes, trabajadores y con muchos objetivos.
Cada espacio de la casa adquirió un valor más significativo porque las expresiones de su amor están cifradas en las ideas y en la materialización de su hogar.
Verónica tiene el temperamento silencioso de su madre: le gusta observar, esperar el momento para intervenir y hablar claro. Sus palabras son tan cristalinas como el agua que recogían de la quebrada “Las Peñas” sus padres. Con frases cortas y frescas habla del drama de su familia al ser “desplazados —así le dice su papá que se siente— de su paraíso de árboles frutales, aves y agua clara, para una casa más parecida a un bunker donde los rayos del sol no se filtran por ninguna hendija, donde no pueden lavar la ropa porque el viento no entra y donde, con tan solo ver la casa temporal, les da tristeza.
También tiene la mirada dulce y serena de su padre, de quien heredó la bondad, el amor por la vida campesina y el gusto por las baladas de Camilo Sesto.
Cuando “el mono” habla de la importancia de Verónica en sus vidas, del soporte, de la base que les ha dado en los momentos de crisis, Rosa interrumpe la barrida del corredor para recalcar la pasión de su hija por aprender y de lo bien amparados que los tiene. Además, después de reírse por un recuerdo que no comparte, dice que su hija se llevó el recogedor bueno para la casa nueva.
Al fondo de las palabras del “mono”, el ruido del agua del río Otún sigue chocándose con las rocas hasta volverse paisaje en los oídos; las aves siguen silbando su canción de la tarde y el gato se despereza en el techo de lata en un pasmoso silencio. Lo único que perturba el amor hecho tranquilidad en el paraíso de ambos, es un nubarrón que se asoma en las montañas.